Soy
Y antes de acompañar a otros, tuve que atravesarme a mí
Alrededor de los cuarenta, algo se quebró dentro de mí.
Una sensación de vacío, de no saber cómo seguir, de haber perdido el rumbo.
Y aunque en ese momento parecía el final, en realidad fue el comienzo.
Ese quiebre no vino a destruirme, vino a despertarme.
Fue una invitación a dejar atrás todas las versiones de mí que ya no eran verdad, aunque soltar todo eso implicara atravesar un vacío profundo, incómodo y muchas veces difícil de sostener.
Mi proceso no fue inmediato ni lineal
Fue un camino lento, a veces oscuro, lleno de preguntas, de sentirme perdida… y también de descubrimientos profundos.
Podría decir que fue una metamorfosis.
Durante mucho tiempo me sentí más cerca del “gusano” que de la “mariposa”. Arrastrándome, aprendiendo poco a poco, comprendiendo desde la humildad y desde la experiencia.
Y fue precisamente ese camino (no el resultado) lo que me trajo hasta aquí.
Hoy entiendo que todo lo vivido sembró algo en mí: la certeza de que, incluso en los momentos más difíciles, hay una sabiduría profunda guiando el proceso.
Creo profundamente que cada proceso es único
Por eso, aunque trabajo con herramientas como el árbol transgeneracional o las constelaciones familiares, no sigo un guión rígido. Lo importante no es la técnica en sí, sino lo que emerge en el momento presente.
Mi forma de acompañar nace de la escucha, de la intuición y de una conexión real con la persona que tengo delante.
Es un espacio donde no se trata de hacer más, sino de ser, de sentir, de permitir que lo que necesita ser visto aparezca.
No tienes que tenerlo todo claro
Solo necesitas estar dispuesta a mirarte.
Acompañar a alguien a descubrir eso, a reconciliarse con su historia y a mirarla con otros ojos, es para mí un acto profundamente transformador.
Si sientes que algo dentro de ti resuena con estas palabras, quizá este también sea tu momento.